Gente en acción

Dr. Fernando Monckeberg

Su lucha contra la desnutrición

Su lucha contra la desnutrición
Dr. Fernando Monckeberg

En una época en que la mortalidad infantil en Chile superaba el 70% y esto a nadie parecía llamarle la atención pues “siempre había sido así”, el doctor Fernando Monckeberg se sintió llamado a cambiar esa injusta realidad. Durante treinta años luchó por mejorar la salud infantil de la población chilena, erradicando la desnutrición y cambiando la cultura del país

“No sé si se puede llamar vocación lo que me llevó a trabajar para erradicar la desnutrición”, dice el doctor Fernando Monckeberg al empezar la entrevista. “Más bien fue producto de la circunstancia. A medida que me han ido sucediendo las cosas, he ido investigando y eso me ha hecho comprometerme”, explica mientras se ríe al pensar en lo fortuito que fue su comienzo en el trabajo en pos de eliminar la desnutrición en Chile. Para él las circunstancias le hicieron estudiar medicina, y luego, ya como doctor, conocer niños con desnutrición lo llevó a estudiar Pediatría. Fue persistente en no darse por satisfecho con las medidas para paliar la desnutrición y en buscar una solución. “Yo lo llamaba un problema oculto. Nuestro gran problema para luchar contra la desnutrición fue hacer que la comunidad abordara un problema que no quería ver”, refiere este pediatra de la Universidad de Chile que, basado en su creencia de que la desnutrición era el centro de varios problemas de la sociedad chilena, se embarcó en un gran proyecto que implicaba no solo repartir “unos alimentitos”, sino hacer cambios significativos en la infraestructura del país, el sistema de salud y de educación. Para esto, él y su equipo se enfocaron en la prevención, creando proyectos de alcantarillado, agua potable, entrega de alimentos, control de niño sano, vacunaciones y atención primaria de salud. “Yo estimo que todo el progreso social y económico del país en los últimos 20 años se debió a que cambió el chileno”, señala el Dr. Monckeberg, que a sus 86 años sigue siendo presidente de Conin, Corporación para la Nutrición Infantil que fundó en 1976. Este año recibió el Premio Nacional de Medicina, distinción que se suma a muchas otras que destacan tanto su excelencia profesional como sus virtudes personales.

¿Cómo llegó a trabajar para eliminar la desnutrición en Chile?

Recién recibido de médico un compañero me llevó a conocer la población La Legua, donde no había agua potable ni caminos y las viviendas eran de material ligero. Vivía ahí el cura Maroto, que me pidió que atendiera a los niños, que se enfermaban y morían sin atención médica. Estuve ahí dos años en los cuales me cuestioné todo lo que estaba viendo, porque si algo me caracteriza es no conformarme con las cosas como están. La situación era muy anormal, me parecía una situación subhumana muy distinta de donde yo me había criado, por lo que quise cuantificar esa realidad. Comencé a hacer mi primer trabajo de investigación. Decidí contar el número de palabras que la madre usaba a diario, pensando que el lenguaje crea cultura. El resultado fue muy demostrativo: la madre utilizaba un promedio de 180 palabras, una cantidad muy limitada que indicaba que vivían un mundo del momento, sin pensar en el futuro y sin expectativas.

¿Cómo relacionó este problema con la nutrición?

Me pregunté: “¿De dónde arranca esto?”. Entonces comencé a estudiar a los niños. Ahí me di cuenta de que el retraso no era solamente intelectual sino también físico. A temprana edad los niños ya se quedaban atrás en su desarrollo físico, motor y de pensamiento. Y esta brecha se iba agrandando a medida que pasaban los años. Ahí lo comencé a relacionar con la nutrición. Hasta ese momento jamás se había hablado de desnutrición en Chile, solo se hablaba del hambre, que es un concepto erróneo. Determiné que había una subalimentación crónica en forma mantenida en cuanto a cantidad y calidad de los alimentos, que no eran los necesarios para desarrollarse de acuerdo con la fisiología de cada uno. El problema era mucho más serio de lo que yo podía solucionar, por lo que quería entenderlo mejor y saber qué factores estaban ocasionándolo. Ahí emprendí una investigación en el Hospital Pediátrico Manuel Arriarán, y luego constituí un grupo multidisciplinario de investigadores, el INTA (Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos). Al profundizar en la investigación nos dimos cuenta de que el problema no era solo del que sufría la desnutrición sino que era de la sociedad entera, porque un porcentaje muy alto de la población estaba sometida a un alto riesgo de mortalidad temprana y los que no fallecían eran verdaderos sobrevivientes lesionados. Además de ser una gran injusticia, la sociedad no podía avanzar y eso era, a mi modo de ver, la principal causa del subdesarrollo. Entonces llegamos a la etapa siguiente. Nos preguntamos, “¿es esto prevenible?”. 

¿Quiénes fueron sus detractores?

La idea sonaba rara. No tenía opositores pero sí había muchos incrédulos porque esta desnutrición que yo veía en la mortalidad temprana y en el retraso del crecimiento se adjudicaba a otros factores. La primera dificultad era formar conciencia en la comunidad de que existía el problema. Yo lo llamaba un problema oculto porque si tú no querías verlo, no lo veías. Decíamos: “¿Cómo va a ser normal que se esté muriendo el 70% de las personas antes de los 15 años de edad?”. A lo que la gente respondía que nadie se moría de hambre y sí de bronconeumonía y diarrea. Lo que ellos veían era el resultado, no la causa. En aquella época la mortalidad infantil en el primer año de vida era muy alta y a todos les parecía muy normal. Incluso en mi familia, tres de mis hermanos murieron en los primeros años aun cuando éramos una familia acomodada. Y era normal que así fuera, todas las familias tenían niños que morían en los primeros años de vida.

En ese tiempo gobernaba Salvador Allende. ¿Trabajó con ellos?

He pasado por miles de gobiernos. Un secreto que nos dio mucho resultado fue crear conciencia del problema en los que estaban en la lucha por el poder y darles la información que les sería útil para alcanzar o para mantener el poder. Cuando llegaba el momento de las elecciones empezábamos a pasar la cuenta. Pero incluso cuando logras tener el apoyo, debes pedir recursos económicos. Hoy día yo sé cuánto costó el proyecto porque lo hemos calculado: entre los años 1970 y 2000 el país gastó 23 mil millones de dólares para prevenir el daño precoz en los primeros años de vida. Si tú le decías al político en aquella etapa: “Es posible solucionarlo pero hay que invertir 23 mil millones de dólares y el resultado de esto no se verá mañana sino en la próxima generación”, el entusiasmo de los políticos decaía. El mayor esfuerzo y costo estaba en la prevención, por lo que elaboramos un programa de intervenciones específicas para implementar que necesitaba muchos recursos del Estado. Fue con Salvador Allende que comenzamos, pues, como era médico, entendió la importancia del problema e incluso usó la palabra “desnutridos” en su campaña. Sin embargo, cuando llegó al gobierno las cosas cambiaron debido a las vicisitudes que apremiaban. Luego vino el gobierno militar y ahí se creó, por recomendación nuestra, el Consejo Nacional para la Alimentación y Nutrición que agrupaba a cinco Ministerios: de salud, de la vivienda, de obras públicas, de planificación y de corporación de fomento. Junto con el general de la Aviación, Gustavo Lee, nosotros argumentamos que si este país no era capaz de salir de esta situación, no tenía destino. Teníamos que ser capaces, por el bien de la autodefensa del país, de que los chilenos no estuvieran dañados. Y así se decidió llevar a cabo una estrategia global. 

¿Cuáles fueron las medidas de esta estrategia?

Un gran cambio fue el llamado “Control del niño sano”. En esos años nacían en Chile 320 mil niños por año y el secreto era controlar mes a mes a cada uno, hasta que cumplieran un año. Los pesábamos, medíamos, vacunábamos, les enseñábamos a las madres a preparar las mamaderas y les entregábamos la leche. Para esto necesitábamos 1500 centros de salud con médicos, pediatras, obstetras, enfermeras y nutricionistas. Junto con eso había que cambiar las condiciones sanitarias: en el año 50 solo el 40% de la población de Santiago tenía agua potable en la casa y solo un 20% estaba conectado con alcantarilla. Eso significaba una proliferación de gérmenes que causaba diarreas e infecciones. Se desarrolló un programa de casetas sanitarias que se adosaron a las casuchas de las poblaciones marginales de todo el país. Esto fue tan o más importante que el control del niño sano porque no sacábamos nada con controlar al niño sano si vivía en un mosquerío. 

¿Cuán importante fue el apoyo de su mujer en esta cruzada?

Tuve suerte con mi señora porque, aunque no se lo digo mucho en voz alta, tiene condiciones muy especiales. Angélica desde chica tomaba el mando y dominaba a sus padres y ahora me domina a mí. Ella tomó la decisión de que si yo no salía a generar recursos como padre proveedor, ella lo tendría que hacer por mí. Con una amiga puso una crianza de 200 cerdos y 5000 gallinas y con eso mantuvo a la familia. Entonces quedé con las manos libres para dedicarme por completo al proyecto. 

¿Qué lo llevó a fundar Conin en el año 76?

Conin nació con el compromiso de tratar a los niños desnutridos graves en pequeños hospitales, desde Arica hasta Magallanes. Construimos 34 hospitales con 50 camas para lactantes en cada uno. Durante los años que estaríamos tratando de prevenir la desnutrición, se seguirían produciendo desnutridos graves y se iban a morir. 

¿Cómo consiguió el apoyo necesario para el proyecto?

Primero hubo que convencer a la comunidad de que el problema existía, y en 1973 se dio la oportunidad para hacerlo. Pero no sabíamos de dónde sacar el financiamiento porque el país estaba prácticamente quebrado, por lo que hubo que sacar los recursos de otros programas. Como a los cinco años de ejecución del proyecto ya estaba todo andando y así fue que en el año 1986 se acabó la desnutrición, nos demoramos como 15 años.

¿A qué se dedica Conin ahora que no hay desnutridos?

Conin se ha hecho cargo de niños que para los hospitales pediá- tricos son un problema. Ellos nos envían a los enfermos crónicos, menores de dos años con enfermedades genéticas, metabó- licas o malformaciones congénitas, entre otras. Los hospitales necesitan tener un turn over muy rápido de camas, de cinco o seis días, por lo tanto los mandan a Conin que los puede tener 100 o 120 días. Queda mucho por hacer porque siempre hay grupos de lactantes que requieren de mucho cuidado, mucha especialización. 

¿Cómo influyó la eliminación de la desnutrición en el desarrollo del país?

La desnutrición por pobreza se eliminó casi en un 100% y eso bajó la mortalidad infantil. Cuando comenzamos esta era de 200 por mil antes de cumplir un año y ahora es de 7 por mil. Es la más baja de Sudamérica y en toda América solo Canadá tiene la mortalidad infantil más baja que la nuestra. Ya no hay niños que se retrasen en el crecimiento, los chilenos están creciendo muy rápido y en esta generación los hijos son más altos que los padres, con ocho centímetros más en promedio. Esto se debe a que están expresando mejor el potencial genético. Se comprobó que el chileno no era bajo. 

Cuando usted habla de sus logros, ¿cuál es la cifra o estadística que más lo enorgullece?

El 75% de las muertes en Chile se producían antes de los 15 años de edad, era una realidad que se tomaba como normal. La expectativa de vida en Chile en el año 1950 era de 39 años. Al desaparecer la muerte prematura inmediatamente aumentó la expectativa de vida a 80 años. Esa diferencia ocurría en los primeros años de vida y nosotros lo dijimos, este es el problema y todo lo que viene después es consecuencia, por lo que nuestra estrategia estuvo en diseñar una prevención para esa edad.

¿Tiene algún niño o momento que lo haya marcado?

¡Fueron tantos! Estábamos todavía sin poder catalogar cuál era el problema y la dimensión de lo que estaba ocurriendo. Hacíamos investigaciones en el Hospital Manuel Arriarán donde teníamos una unidad metabólica con tres salas de 12 camas con desnutridos que, a pesar de todos los cuidados que les dábamos, tenían un peor pronóstico que otros porque sus defensas eran muy bajas y fácilmente se contaminaban. Recuerdo que en esa etapa teníamos reglas muy estrictas, como que los niños tenían que estar en condiciones de asepsia y que nadie los podía tomar en brazos. Un día vi que una auxiliar de enfermería tenía una de las guaguas desnutridas en el brazo. Entonces le dije: “Estás haciendo todo lo contrario de lo que te decimos. Estos niños no se pueden tomar en brazos, deben estar aislados”. Pero había una cosa rara, en esa sala el pronóstico era mejor. Le pregunté por qué lo hacía y ella me respondió: “Cuando se van los médicos yo los tomo, los llamo por el nombre y les canto. Creo que hay que enseñarles a vivir. ¿Cree usted que si los ponen en una cama mirando el techo blanco, sin que nadie se les acerque ni le muestre cariño, van a querer vivir? Por eso esta sala anda mejor”. Esa mujer me enseñó que era fundamental la estimulación afectiva, motora, cognitiva. Eso nos dio una pauta para que Conin fuera tremendamente eficiente. Con la estimulación afectiva moría el 1% de los niños. Cuando llegaba un niño desnutrido y le comenzaban a demostrar afecto y a estimularlo, se veía el cambio día a día. 

El Prestigioso Dr. Abel Albino habla con mucha admiración y cariño de su maestro, el doctor Monckeberg. En una comida a beneficio para la red de Conin en la Argentina contó que cuando le fue a comunicar que se quería dedicar a la desnutrición infantil, usted le respondió: “Vas a ser muy feliz”. ¿Por qué dedicarse a una realidad tan dura puede generar felicidad?

¿El sistema de Conin se ha extrapolado a otros países?

Sí, hay Conin en la Argentina, en Perú y en Paraguay, entre otros. Allí lo han llevado a cabo privados que es una diferencia grande con Chile, ya que aquí nos convencimos de que el problema era demasiado grande como para que lo tratara solamente Conin. Nosotros podríamos haber tratado solo a los desnutridos graves, pero no habríamos solucionado el problema de raíz. Teníamos que contar con la participación del Estado, que se comprometió a prevenir el daño. Esos Conin que están en América Latina lo están haciendo bien pero les falta la parte fundamental que es prevenir, solo están paliando el problema. 

Ver que cambió un país es una satisfacción que no te la quita nadie y que la vas a gozar toda la vida hasta que te mueras. Aunque fue el trabajo de muchos, de alguna forma creé las posibilidades para que sucedieran las cosas y ese orgullo no me lo quita nadie. 


Editorial Conexión. Dr. Fernando Monckeberg su lucha contra la desnutrición. Revista Conexión Andrómaco N°21, 12 - 16. (2012)

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