Gente en acción

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Viaje sanitario 2019: Un vínculo que se afianza

Viaje sanitario 2019: Un vínculo que se afianza
Parte del equipo de los viajes sanitarios en los jardines del Hospital Austral

(Adelanto próxima edición) Hace 14 años que el Hospital Austral, la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral y Laboratorios Andrómaco viajan hacia los Valles Calchaquíes para brindar atención médica y talleres de prevención para la salud. Así, año tras año se refuerzan los hábitos saludables y crece la confianza y los lazos entre pobladores y especialistas.

El paisaje es un deleite visual. Sobre el cielo celeste se recortan cerros de colores y sobre sus pies se encuentra Molinos, una localidad baja y pequeña con edificaciones coloniales, centro neurálgico de pueblitos y parajes con casas de adobe y techos de tierra diseminados en la inmensidad. A poco más de 2000 m sobre el nivel del mar reinan los cardones, el aire seco y, sobre todo, el sol.

En esta zona donde la sombra no abunda y la amplitud térmica es grande se registra uno de los índices de mayor radiación ultravioleta del país. Como la vida se desarrolla al aire libre y los viajes se hacen a pie, las pieles se resecan y resquebrajan, se queman, arden, se enferman. Pero gracias al entusiasmo y la perseverancia de un grupo de médicos que año tras año viaja desde Buenos Aires, los habitantes de este bello lugar registran cada vez menos dolencias.

Un largo recorrido

Hace 14 años que el Hospital Austral, en forma conjunta con la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral y Laboratorios Andrómaco asiste a la localidad de Molinos y pueblos aledaños, todos en pleno valle calchaquí, para brindar atención médica gratuita y talleres de prevención y educación para la salud a sus pobladores.

Este viaje sanitario, que forma parte de la residencia de Dermatología del HUA, comenzó en mayo de 2005 de la mano del entonces Jefe de Dermatología del Hospital Austral, el Dr. Raúl Valdez. “La idea de los viajes se gestó en pleno tránsito. Mi hijo Pedro, en ese momento estudiante de medicina, había ido con un grupo misionero con los padres Agustinos a la zona de Molinos, Santa María y Cafayate. Allí se contactó con el director del Hospital de Santa María quien le comentó que había muchos enfermos de piel pero pocos dermatólogos. Me lo contó en el auto, era mayo de 2005, quise organizarlo para el año siguiente, pero no me dio tiempo, había prometido mi presencia para dentro de unos meses. Me contacté con Andrómaco que aceptó la propuesta enseguida. Y así fue como el 21 de septiembre de ese año nos encontramos trabajando en el Hospital Vargas de Santa María, una ciudad catamarqueña de 20.000 habitantes. Notamos que la gente venía de Molinos y pueblos aledaños para atenderse, así que decidimos trasladarnos nosotros en vez de los pacientes y que el Hospital de Molinos fuera nuestra base”. Esa primera vez fueron dermatólogos, unos pocos residentes y dos alumnos. Desde entonces los vínculos, al principio con mucha timidez y cierta desconfianza se fueron afianzando y las bienvenidas se volvieron cálidas y esperadas. En 2019, el equipo estuvo integrado por siete dermatólogos, dos especialistas de diagnóstico por imágenes, un ginecólogo y, por primera vez, un agente de propaganda médica de Andrómaco.

Con casi una década de experiencia en estos viajes, hoy quien está a cargo de la organización es la Dra. Clara de Diego. “A esta altura formamos un lindo vínculo con los médicos y los agentes sanitarios, tanto de Molinos como de los diferentes parajes que vamos. También con los pacientes logramos tener un seguimiento adecuado con sus historias clínicas. Si bien vamos una vez al año, si hay algún inconveniente de salud, los médicos o los agentes sanitarios nos consultan a través de fotos, llamados y whatsapp”, cuenta de Diego.

Cuando el grupo de médicos llega a Molinos desde Buenos Aires ya hay muchos pacientes esperándolos en el Hospital Fernández. Es que una semana antes la radio local anuncia la llegada, brinda los horarios de atención e invita a la población a sacar turno para las consultas.

Como el tiempo es poco, el trabajo es mucho y las extensiones son grandes, el equipo de especialistas divide su labor. Un grupo atiende a diario en el Hospital Fernández, mientras cada día dos médicos se dirigen hacia un pueblo o paraje y otros dos hacia otro destino. En algunos de esos lugares recónditos no hay profesionales médicos, hay, a lo sumo, un enfermero que trata todas las dolencias. Así, a algunos les toca atender en un aula de un colegio-albergue, sentados en un banco de escuela, y a otros en una salita de primeros auxilios.

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El foco en la prevención

Por el tipo de pigmentación de la población, la fuerte radiación ultravioleta no genera muchos casos de cáncer de piel. “Vemos sobre todo casos de melasma, prurigo actínico y rosácea, enfermedades comunes que se exacerban con la exposición ya que, además de la radiación, el ambiente es muy árido, seco y ventoso, entonces la piel se reseca mucho más y se vuelve más sensible, sobre todo porque se dedican a la agricultura y la ganadería, todos trabajos al aire libre”, explica la doctora. Estas circunstancias hacen que las cremas y los protectores solares sean imprescindibles, pero allí la oferta de estos productos es escasa y el poder adquisitivo de sus habitantes, también. En los Valles es tristemente habitual ver niños y adolescentes de talla pequeña debido a la falta de recursos para mantener una nutrición adecuada. Son pocos los que tienen trabajo en alguna bodega y todos se las arreglan para alimentarse con sus huertas y sus pocos animales. Por eso, los pacientes reciben con infinita gratitud la crema o el protector que les brinda el especialista y se las arreglan para dosificar su uso para que les alcance lo máximo posible.

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DE ENSEÑAR Y APRENDER

Aprendizaje, entrega y solidaridad son las bases que año tras año fortalecen estos viajes sanitarios. Cada equipo que participa cuenta con profesionales que ya han ido a Molinos varias veces y, por lo tanto, han formado vínculos, la comunicación fluye y conocen los materiales con los que cuentan y las falencias que se presentan. Pero también en cada equipo se suma al menos un residente que viaja por primera vez al que los más experimentados presentan a la comunidad y entrenan en este tipo de atención con pocos recursos y fuera del espacio habitual. En 2019 le tocó el turno a Rashid Benítez, que está cursando el segundo año de residencia en Dermatología.

“Fueron los profesores los que me ofrecieron hacer el viaje y no lo pensé un minuto, quería hacerlo desde el momento que me enteré de que existían, siempre tuve el anhelo de poder ayudar, brindarles un servicio a quienes más lo necesitan. Aprendí a manejarme en otra realidad, hablamos el mismo idioma pero nos desenvolvemos con cuestiones culturales diferentes y con una forma de vida completamente distinta. Me hizo valorar mucho más los recursos que tenemos en la ciudad. Además de una gran formación, me llevo la gratitud de haber aportado mi ayuda a gente de mi país. Quiero volver, por supuesto”.

Otro que hizo su primera experiencia en los Valles Calchaquíes fue Francisco Vitale, que cursa el tercer año de residencia de ginecología y es el segundo de esta especialidad en realizar el viaje. “Trabajamos de sol a sol, con sobre turnos. Todas las pacientes estaban muy agradecidas. Una embarazada me agradeció porque el último control se lo había hecho hace dos meses con un médico generalista”, cuenta Vitale, feliz de haber hecho estas prácticas. “Hasta ese momento yo siempre había atendido en el Hospital Austral, con toda la tecnología que tenemos a nuestro alcance. Son pocas las personas que pueden atenderse con este avance tecnológico, por eso acepté gustoso la oferta de hacer el viaje sanitario”.

Francisco Vitale atendió dos días completos en el hospital de Molinos y se trasladó a dos parajes. “En uno de los pueblitos había un médico generalista que hacía todo: era oftalmólogo, ginecólogo, otorrino, todo. Una de las pacientes de allí tenía un embarazo gemelar que, por sus características, se considera embarazo de riesgo, y la verdad es que estaba muy bien llevado. Ese médico tiene toda mi admiración”. Como Rashid, Francisco piensa volver y resume su experiencia en una frase: “superó todas mis expectativas”.

Además de las consultas médicas, estas visitas anuales se acompañan con talleres de educación y prevención para la salud que se dictan en jardines de infantes, escuelas primarias y secundarias. Antes de los viajes, el equipo hace reuniones de preparación y a la vuelta, de evaluación. Como con atención al paciente no alcanza, la tarea se divide en un 30% de asistencia y un 70% de capacitación. Para reforzar los talleres, la radio se ocupa de difundir los efectos nocivos de los rayos ultravioletas, brinda consejos de protección solar e invita a un par de especialistas para hablar sobre salud.

La última vez estuvieron ante el micrófono el médico ginecólogo Francisco Vitale y la dermatóloga Agustina Fernández.

“Nosotros no podemos modificar las condiciones de trabajo, pero sí podemos hacer que tomen recaudos al momento de estar al sol”, dice de Diego. A los chicos les brindan una charla, les hacen hacer trabajos didácticos y los nombran guardianes del sol. “Ya vi crecer a varios guardianes del sol”, dice la doctora Clara con alegría. Los talleres están dando sus frutos: las gorras, los sombreros y las mangas largas forman parte de la vida cotidiana, los colegios ya no imparten educación física al mediodía e incluso la escuela de Amaicha techó el gimnasio. Gracias al vínculo gestado y a las tecnologías que poco a poco van llegando, los adolescentes están más informados y se animan cada vez más a ir a la atención médica.

Huellas imborrables

Si bien el Hospital cuenta con aparatología y personal que sabe usarlo, no hay allí especialista en diagnóstico por imágenes, por eso los doctores María del Mar Astorga y Joaquín Martínez fueron muy consultados por pacientes, médicos, enfermeros y agentes sanitarios. Otro de los logros de estas perseverantes visitas fue que los hombres se sacaran el prejuicio de que las ecografías eran solo para mujeres. La continuidad de los viajes sanitarios crea lazos de confianza y deja huellas profundas de bienestar y agradecimiento. Hace cinco años que la dermatóloga Solange Golbert asiste a Molinos y hay pacientes que piden por ella. “Para mí es un orgullo, vienen a mostrarme los trabajos que hicieron a partir de mis indicaciones. Muchas mujeres vienen por discromía (alteración del color de la piel) y una vez atendí a un chico con prurigo actínico muy severo en las manos, algo que no vi en la ciudad. Este año me encargué de dirigir la campaña de prevención. Tratamos de brindarles educación para que no dependan de los medicamentos que tanto les cuesta conseguir. Además de impartir consejos sobre cómo cuidarse frente al sol les explicamos técnicas de cómo desinfectar las heridas y cómo tratar las picaduras, por ejemplo. A pesar de ser personas muy tímidas, son muy receptivas y agradecidas. Hacer estos viajes es un mimo al alma”. Así también lo entiende la Dra. Clara de Diego: “me encanta poder aportar algo por fuera de mi ámbito habitual, poder ayudar a alguien más en mi país. Va más allá de hacer una visita anual, se trata de sellar ese vínculo, de abrir la posibilidad de que los médicos tengan un canal para comunicarse ante cualquier inquietud. Me motiva mucho seguir participando y lograr que cada vez vayan más especialistas. Creo que hablo por parte de todo el grupo: siempre regresamos con ganas de volver y sumar más profesionales”.

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